Amor entre ruinas antiguas

🏺 “Amor entre ruinas antiguas” — Donde el pasado no olvida

Por: Nena Novelera | Romance con suspenso arqueológico


El sol se deslizaba sobre las dunas del desierto egipcio como una caricia ardiente. Helena Duarte, arqueóloga española de mirada firme y alma soñadora, observaba cómo el viento barría el polvo de siglos frente a las ruinas del templo de Aset. Aquel hallazgo, oculto bajo la arena durante milenios, podía cambiar la historia. Pero lo que ella no imaginaba era que también cambiaría la suya.

El equipo internacional había sido reducido. Sólo quedaban cinco personas en la excavación, y entre ellas, el misterioso profesor Marcus Laird, un historiador británico que siempre hablaba en voz baja, como si temiera despertar algo dormido bajo la tierra. Desde su llegada, Helena había sentido una atracción inexplicable, una corriente invisible que la unía a él cada vez que sus miradas se cruzaban.

El amuleto del destino

Una tarde, mientras el resto del equipo descansaba, Helena encontró un pasaje sellado bajo una losa cubierta de jeroglíficos. Las inscripciones hablaban de un amor prohibido entre una sacerdotisa y un extranjero, castigado por los dioses. En el centro del muro, una figura femenina sostenía un amuleto con forma de corazón alado. Helena lo tocó suavemente, y una vibración recorrió el aire.

Marcus apareció justo detrás de ella. —No deberías tocar eso —dijo en un susurro que mezclaba advertencia y temor.

—¿Por qué? —preguntó Helena, sorprendida—. Es sólo piedra.

—No lo es —respondió él—. Ese símbolo… pertenece a la historia de mi familia.

Helena lo miró incrédula. —¿Tu familia? Estamos en Egipto, Marcus.

Él sonrió, pero no era una sonrisa alegre. —Mi abuela decía que descendemos de un viajero inglés que desapareció aquí, en 1898. Lo último que escribió fue: “He encontrado el corazón de Aset, y con él, a la mujer que me recordará por siempre.”

Un escalofrío recorrió la espalda de Helena. Era como si las palabras del diario cobraran vida justo ante ella.

El despertar del templo

Durante los días siguientes, el clima se volvió extraño. Los relojes se detenían a medianoche, las brújulas giraban sin rumbo, y en los pasillos del campamento se oían voces antiguas. Helena comenzó a tener sueños con una sacerdotisa vestida de blanco, que lloraba frente a un altar iluminado por fuego. En el sueño, la mujer la llamaba por su nombre… y a Marcus también.

Una noche, incapaz de resistir la curiosidad, Helena volvió al templo. El aire olía a incienso, aunque no había nadie allí. Con una linterna, bajó por el pasadizo y encontró una cámara oculta. En el centro, sobre un pedestal, descansaba el amuleto del corazón alado, tallado en oro puro.

—Sabía que vendrías —dijo una voz detrás de ella.

Marcus estaba allí, con los ojos brillando en la penumbra. —No debimos abrir este lugar —susurró—. No somos los primeros en buscarlo, y tampoco saldremos sin pagar el precio.

Antes de que Helena pudiera responder, el suelo tembló. El amuleto comenzó a brillar con una luz dorada, y las paredes del templo resonaron con un canto antiguo. Por un instante, ambos quedaron inmóviles, observando cómo la figura de una mujer se materializaba frente a ellos: la sacerdotisa del sueño.

—Helena —dijo la aparición—, has cumplido la promesa que nos unió. Dos almas separadas por los siglos… al fin se reencuentran.

El eco de otra vida

Helena sintió que el aire se tornaba pesado, que la arena bajo sus pies desaparecía. Las imágenes se confundieron: ruinas, fuego, lágrimas… y un rostro idéntico al de Marcus, pero vestido como un explorador victoriano. En sus brazos, la sacerdotisa —ella misma, con otro nombre, otra vida— lo despedía entre llantos.

Despertó jadeando en la tienda de campaña, con Marcus a su lado. —Tuviste un colapso —dijo él—. Te desmayaste en la cámara. Los demás te encontraron sola.

Helena lo observó en silencio. ¿Había sido un sueño o una memoria? Sobre la mesa, el amuleto reposaba envuelto en lino. Nadie recordaba haberlo traído.

La decisión

En los días siguientes, el gobierno egipcio ordenó cerrar la excavación. Todo el material debía ser enviado a El Cairo. Marcus regresaría a Londres; Helena, a Madrid. La despedida fue breve, casi dolorosa.

—Tal vez nuestras almas vuelvan a encontrarse —dijo él, tomando su mano.

Helena sonrió con tristeza. —Quizá ya lo hicieron.

Él se inclinó, besó su frente y se alejó entre la arena. Cuando su silueta desapareció en el horizonte, Helena miró el amuleto. Un leve destello dorado recorrió su superficie, como un suspiro del tiempo.

Epílogo

Años después, en el Museo Británico, una vitrina especial exhibía el amuleto del corazón alado. Bajo él, una placa dorada decía: “Donado por la arqueóloga Helena Duarte y el profesor Marcus Laird. Dos vidas, una misma búsqueda.”

Sin embargo, los vigilantes nocturnos juraban que algunas noches, el amuleto brillaba solo, y que una voz femenina murmuraba entre las sombras:

“Te encontré, incluso entre las ruinas.”

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