🕯️ “El eco de su voz” — Un amor que habitó entre la memoria y la locura
Por: Nena Novelera | Romance psicológico con misterio clásico
Decían que la mente es un laberinto del que pocos regresan intactos. Para Valeria Beaumont, esa frase era más que una advertencia: era un espejo. Llevaba seis meses internada en la clínica Saint-Clair, un sanatorio elegante en las afueras de Ginebra, donde los pacientes hablaban con fantasmas que nadie más veía.
Valeria no estaba loca —o al menos eso repetía cada mañana—. Lo suyo era más complejo: había perdido a Adrian en un accidente de tren, y desde entonces, su voz la seguía a todas partes. No como un recuerdo, sino como una presencia. Le hablaba en sueños, en el viento que entraba por las cortinas, en el sonido de las páginas que se movían solas en su escritorio.
El diario prohibido
El doctor Renaud, un hombre de modales impecables y sonrisa inquietante, insistía en que escribiera todo lo que escuchaba. “La mente sana cuando traduce su dolor en palabras”, decía. Así nació su diario: un cuaderno de tapas negras donde Valeria anotaba cada frase que Adrian le susurraba.
Una tarde de lluvia, mientras revisaba el cuaderno, notó algo extraño: la letra de una de las últimas páginas no era la suya. Las palabras estaban escritas con una tinta más oscura, y formaban una frase que la heló:
“No busques al doctor. Él sabe lo que hicimos.”
El corazón le latía con fuerza. ¿Era una alucinación más o alguien realmente había tocado su diario?
El retrato
En la sala principal del sanatorio colgaba un retrato antiguo: un hombre de ojos intensos y traje oscuro. Siempre había algo en él que le resultaba familiar. Una noche, incapaz de dormir, Valeria se acercó con una vela. Al leer la placa de bronce bajo el marco, el aliento se le detuvo: “Dr. Adrian Beaumont — Fundador, 1893.”
Era su mismo apellido. Y el rostro… el rostro era idéntico al de su amado.
Retrocedió con el corazón en la garganta. No podía ser. Adrian era un arquitecto contemporáneo, un hombre de carne y hueso, no un retrato de hace medio siglo. Pero cuanto más lo miraba, más real se volvía. Los ojos del retrato parecían seguirla, y en el silencio del pasillo escuchó su voz, clara, cercana:
“Te dije que volvería, Valeria.”
El experimento
Al día siguiente, Valeria exigió hablar con el doctor Renaud. Él la recibió con la calma de quien ya sabe la pregunta antes de escucharla.
—¿Por qué su fundador tiene el mismo rostro que mi difunto esposo? —preguntó temblando.
El doctor suspiró. —Señorita Beaumont, el duelo altera la percepción. Usted proyecta sus emociones en lo que ve. Adrian nunca existió fuera de su mente. Era una reconstrucción… un producto de su pérdida.
Valeria lo miró con rabia. —No mienta. Él era real. Amaba el arte, el vino tinto y las tormentas. Me escribía cartas con mi propio nombre… ¿cómo podría inventar eso?
Renaud sonrió apenas. —Porque esas cartas también las escribió usted.
Valeria se levantó y corrió al jardín. El aire olía a tierra mojada. El farol del portón parpadeaba con la lluvia. En el reflejo del vidrio de una ventana, creyó ver a Adrian detrás de ella, mirándola con ternura.
—No lo escuches —susurró una voz femenina—. Él no está ahí.
El doble
Dos días después, Valeria encontró una vieja fotografía en los archivos del sanatorio. En ella, el doctor Renaud y el fundador —Adrian Beaumont— aparecían uno al lado del otro. Pero no podían tener la misma edad. Algo no cuadraba. Al reverso, alguien había escrito a mano: “El experimento funcionó. La memoria se transfiere.”
Las manos de Valeria temblaban. Si aquello era cierto, ¿quién era entonces el doctor? ¿Y quién había sido realmente Adrian?
El último mensaje
Esa noche, Valeria volvió a escribir en su diario. A la mañana siguiente, las enfermeras la encontraron dormida sobre la mesa, con la ventana abierta y el viento moviendo las páginas. En la última hoja, había una sola frase:
“Estoy en ti. Y tú en mí. Ya no hay diferencia.”
Desde entonces, el cuarto de Valeria quedó cerrado. Sin embargo, algunas noches, los nuevos pacientes aseguran escuchar una voz femenina tarareando en el pasillo, y el sonido de una pluma escribiendo sola.
Epílogo
Años más tarde, el sanatorio Saint-Clair fue demolido. En los escombros se halló un diario de tapas negras, perfectamente conservado. Nadie supo quién lo escribió, pero en su portada se leía una inscripción dorada:
“A quien recuerde, le pertenezco.”
Y entre las páginas, una foto de una pareja: Valeria y Adrian, sonriendo frente a un espejo… o quizá frente a su reflejo.