Cartas desde París

💌 “Cartas desde París” — Un amor entre tinta, guerra y secretos

Por: Nena Novelera | Romance clásico con suspenso y nostalgia


París, 1949. El invierno se negaba a retirarse, y el Sena arrastraba consigo el reflejo gris del cielo. En una buhardilla del barrio de Montmartre, Claire Duvall doblaba cuidadosamente las cartas que había escrito durante la guerra, esas que nunca se atrevió a enviar. Llevaban todas la misma firma: “Tuyo siempre, Lucien.”

Lucien había sido un periodista apasionado, de esos que escribían con el corazón y no con la tinta. Se conocieron en un café donde los artistas soñaban más de lo que comían, y donde cada conversación tenía el peso de un poema. Claire trabajaba como mecanógrafa en una editorial, pero sus sueños eran más grandes que las teclas que golpeaba cada día.

El mundo aún se recuperaba del horror de la guerra, y el amor, como todo, parecía tener cicatrices. Pero entre ellos, había algo más que esperanza: había un secreto que los unía y que ninguno se atrevía a pronunciar.

La carta número treinta y tres

Una mañana, Claire recibió un sobre sin sello. Dentro, una hoja escrita con la letra de Lucien:

“Si aún me recuerdas, ven esta noche al Pont Neuf. Donde la ciudad guarda su último secreto.”

Claire sintió el alma temblar. Lucien había desaparecido tres años atrás, cuando las tropas ocuparon la ciudad. Nadie volvió a saber de él. Algunos decían que huyó; otros, que fue detenido por escribir artículos contra el régimen. Pero ella, en el fondo, nunca creyó ninguna versión. Siempre sintió que él seguía allí, esperándola entre las sombras del Sena.

Al caer la noche, se abrigó con su viejo abrigo gris y caminó bajo la llovizna. La ciudad dormía en penumbra, iluminada apenas por los faroles amarillos. En el puente, una figura masculina esperaba, apoyada sobre la baranda. Su corazón reconoció la silueta antes que la razón.

—Sabía que vendrías —dijo él, sin volverse—. Las promesas hechas bajo fuego nunca se olvidan.

Claire no supo si correr o llorar. Lucien estaba allí, vivo, aunque su rostro mostraba las marcas de quien ha visto demasiado.

El secreto del periodista

—Creí que habías muerto —susurró ella—. Tres años sin una palabra.

Lucien sacó un cuaderno gastado de su bolsillo. —No podía escribirte. Me obligaron a desaparecer. Descubrí algo durante la ocupación… algo que me habría costado la vida si lo revelaba.

Claire lo miró sin comprender. —¿Qué descubriste?

Él abrió el cuaderno: dentro había recortes, fotografías y nombres de oficiales que habían traicionado a su propio pueblo. —No era solo una guerra de ejércitos, Claire. Era una guerra de información. Y algunos de esos hombres aún tienen poder. Si saben que estoy vivo…

El silencio entre ambos pesó más que el frío. Claire sintió que el amor que los unía se mezclaba ahora con un miedo sutil, con la sensación de que nada volvería a ser como antes.

El beso y la despedida

Lucien dio un paso hacia ella y tomó su rostro con las manos. —Solo quería verte una vez más —dijo—. Saber que aún me esperabas. No puedo quedarme. Esta noche debo partir.

Claire lo besó. Fue un beso largo, lleno de lágrimas contenidas, de palabras no dichas y de años perdidos. Cuando abrió los ojos, Lucien ya no estaba. Solo el cuaderno permanecía en el suelo, empapado por la lluvia.

La historia oculta

Días después, Claire llevó el cuaderno a la editorial donde trabajaba. Dudó entre entregarlo o guardarlo. Finalmente, lo escondió dentro de un manuscrito y lo archivó bajo un nombre falso: “Los silencios del Sena.”

Los meses pasaron. Una tarde, un joven escritor pidió revisar los archivos antiguos. Al cabo de una semana, publicó una novela anónima basada en las notas del cuaderno. La obra se convirtió en un éxito en toda Francia, pero nadie supo quién la escribió realmente.

Solo Claire, al leer el libro, comprendió: entre las páginas había frases exactas de sus viejas cartas, esas que Lucien alguna vez leyó antes de desaparecer. Era su historia disfrazada de ficción.

Epílogo

Pasaron los años. En 1962, una mujer mayor llegó al Pont Neuf con un ramo de flores y una carta sin abrir. La colocó sobre la baranda y la dejó volar con el viento. En la carta podía leerse:

“No todas las despedidas son para siempre. Algunas solo esperan el momento de ser leídas.”

Mientras el papel caía al Sena, el sol iluminó brevemente el agua, y por un instante, Claire creyó ver su reflejo acompañado del de Lucien, sonriendo entre las corrientes. Luego, la luz se apagó, y el río volvió a guardar silencio.

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