🌾 “La Casa del Lago Escondido” — Un amor que desafió el silencio del bosque
Por: Nena Novelera | Romance rural con un toque sobrenatural
Dicen que los lugares que callan demasiado guardan historias que no quieren ser recordadas. Así era el Lago Escondido, un espejo de agua perdido entre las montañas del sur, rodeado por pinos y niebla, donde la gente del pueblo evitaba acercarse al caer la tarde. Pero para Isabela, aquel sitio era un refugio. Allí había aprendido a escuchar el murmullo del agua y, sobre todo, a esperar.
Esperaba a Tomás, el joven forastero que llegó un verano con un violín en la mano y promesas en la voz. Nadie sabía de dónde venía, pero todos coincidían en que tenía algo extraño: una mirada serena que parecía ver más allá de las cosas.
El sonido del lago
Isabela lo conoció cuando el pueblo celebraba la fiesta de San Benito. Mientras los demás bailaban al ritmo del acordeón, Tomás se apartó y tocó su violín mirando hacia el lago. La melodía era tan melancólica que hizo callar a los grillos. Isabela lo escuchó desde lejos y, sin entender por qué, sintió que aquella música le hablaba directamente al alma.
Desde esa noche, comenzó a visitarlo. Al principio solo conversaban: él le contaba historias de lugares donde el invierno duraba años; ella le hablaba del campo, de las flores silvestres y del olor del pan recién horneado. Pero el tiempo fue haciendo su trabajo, y lo que empezó como amistad se convirtió en una conexión silenciosa, más profunda que cualquier palabra.
Un atardecer, Tomás le confesó algo: —El lago me llama —dijo—. Cada noche escucho una voz en el agua que me pide que regrese.
Isabela rió pensando que bromeaba, pero en sus ojos no había humor. Había miedo.
El secreto de la casa abandonada
Cerca del lago, en medio del bosque, había una vieja cabaña cubierta de hiedra. Nadie vivía allí desde hacía décadas. Una tarde, Tomás le pidió a Isabela que lo acompañara. Dentro, el aire olía a humedad y a recuerdos. En una esquina, sobre una mesa, descansaba una caja de madera con grabados extraños. Al abrirla, encontraron partituras antiguas y una fotografía descolorida: un hombre idéntico a Tomás, vestido como si perteneciera a otro siglo.
Isabela retrocedió. —¿Quién es? —preguntó con un hilo de voz.
Tomás no respondió. Tomó el violín, colocó el arco sobre las cuerdas y comenzó a tocar la misma melodía de aquella noche. Afuera, el viento sopló con fuerza. Las ramas golpearon las ventanas como si quisieran entrar. El lago, visible desde la puerta abierta, comenzó a agitarse.
La revelación
—Esa fotografía… —dijo Tomás sin dejar de tocar—. Es mi abuelo. Desapareció aquí hace setenta años. Dicen que una noche tocó junto al lago y nunca volvió. Yo vine a buscar respuestas… pero creo que las respuestas me estaban buscando a mí.
La música se volvió más intensa, casi dolorosa. El aire cambió, y una neblina densa se filtró en la cabaña. En medio de esa bruma, Isabela vio una figura junto a Tomás: un hombre idéntico, más viejo, que lo miraba con ternura. Luego, ambos desaparecieron entre el eco de la última nota.
Isabela gritó, pero solo el silencio le respondió.
Después del silencio
Pasaron días antes de que el pueblo la encontrara, sentada frente al lago, con el violín en las manos. Nadie creyó su historia. Decían que Tomás había partido, que la joven se había quedado con su instrumento como recuerdo. Pero cada noche, cuando el viento soplaba desde el bosque, una melodía flotaba sobre el agua, y el reflejo de dos siluetas podía verse danzando sobre la superficie.
Epílogo
Los años pasaron. Isabela envejeció, pero jamás abandonó la casa del lago. Una mañana, un turista que exploraba la zona dijo haber visto a una mujer joven tocando el violín en la orilla. Cuando volvió con otros, no había nadie, solo la vieja cabaña y un retrato enmarcado en la pared: una mujer y un hombre sonriendo frente al lago.
Debajo, una inscripción tallada en madera decía: “Algunas melodías no mueren, solo cambian de lugar.”