🌻 “El Jardín de las Luces Viejas” — Donde el amor florece entre sombras y luciérnagas
Por: Nena Novelera | Realismo mágico con tintes de tragedia romántica
En el pequeño pueblo de Santa Aurelia, había una casa que siempre olía a jazmín y lluvia. Nadie recordaba cuándo fue construida, pero todos sabían quién vivía allí: Elena, la muchacha de los faroles. Decían que cada noche encendía cientos de luces diminutas en su jardín, como si llamara a alguien perdido entre las estrellas.
Elena había heredado la casa de su abuela, una mujer que hablaba con los ríos y curaba con las manos. Desde niña, aprendió a escuchar el zumbido del viento y a entender el lenguaje de las luciérnagas. Pero lo que nunca aprendió fue a olvidar.
La llegada de Simón
Un verano, llegó al pueblo un joven llamado Simón, pintor de oficio y soñador por naturaleza. Buscaba paisajes para retratar, pero encontró algo distinto: una figura que parecía parte del mismo crepúsculo. La vio por primera vez entre los árboles, encendiendo faroles uno a uno, con la delicadeza de quien guarda secretos que no deben ser despertados.
—¿Por qué tantas luces? —le preguntó él una noche, mientras la ayudaba a colgar un farol de cristal.
Elena sonrió con tristeza. —Porque cada una es un recuerdo. Si las dejo apagarse, todo se olvida.
Desde entonces, Simón comenzó a visitarla cada tarde. Pintaba mientras ella encendía sus luces. Sus conversaciones eran breves, pero las miradas hablaban por ellos. Hasta que un día, sin poder evitarlo, Simón la retrató tal como la veía: rodeada de faroles, con el cabello iluminado y la melancolía prendida en los ojos.
El retrato maldito
Cuando terminó el cuadro, algo cambió. El jardín amaneció más silencioso. Las luciérnagas dejaron de brillar y los faroles se apagaron antes del amanecer. Elena lo notó y sintió un frío que no era de la madrugada.
—Has atrapado algo más que mi imagen —le dijo a Simón, con la voz temblando—. Las luces no quieren que me retraten.
Él rió, sin comprender del todo. Pero esa noche, el cuadro comenzó a emitir un resplandor débil, como si las luces del jardín hubieran migrado hacia la pintura.
Al día siguiente, Simón desapareció. Nadie lo vio salir del pueblo. Solo Elena, que lo buscó durante días, encontró el retrato abandonado junto al pozo, cubierto de rocío y con una novedad inquietante: en la pintura, Simón estaba a su lado, sosteniendo un farol encendido.
El regreso de las luces
Desde entonces, cada año, en la misma fecha, el jardín de Elena vuelve a iluminarse sin que nadie lo encienda. Las luces flotan en el aire, formando figuras que se mueven lentamente, como si danzaran. Algunos juran haber visto dos siluetas tomadas de la mano, entre los destellos.
Elena envejeció, pero nunca abandonó la casa. Decía que mientras las luces siguieran encendiéndose, él no estaría del todo perdido. Una noche de otoño, su vecina la encontró dormida bajo el naranjo, con una sonrisa leve y un farol entre los brazos. No volvió a despertar.
Epílogo
Hoy, la casa de los faroles sigue en pie. Los viajeros que se atreven a visitarla aseguran que, al caer la noche, el aire huele a jazmín y a pintura fresca. Dicen que, si se guarda silencio, puede escucharse un suave murmullo entre las luces: una voz masculina que susurra el nombre de Elena.
En la pared del jardín, alguien grabó con un clavo oxidado una frase que el tiempo no ha borrado: “Las luces no mueren, solo cambian de cuerpo.”