El Río que Cantaba Olvidos

“El Río que Cantaba Olvidos” — Una pasión que fluyó contra la corriente del tiempo

Por: Nena Novelera | Romance rural con un toque sobrenatural y elementos de redención


En las orillas serpenteantes de un río que cruzaba las colinas verdes del norte, donde el agua parecía cantar melodías olvidadas, se escondía un secreto que los aldeanos transmitían en voz baja. Decían que quien bebiera de sus aguas en la medianoche podía olvidar dolores pasados, pero a cambio, atraía espíritus errantes que buscaban redención. Para Lucía, una herbolaria solitaria que vivía en una cabaña de adobe junto al río, aquellas leyendas eran solo cuentos para asustar a los niños. Hasta que llegó Mateo.

Mateo apareció una mañana de niebla, remando en una barca vieja, con cicatrices en las manos que hablaban de batallas lejanas y un corazón cargado de remordimientos. Era un exsoldado que huía de su pasado, buscando paz en la quietud rural. Los pobladores lo recibieron con recelo, pero Lucía, con su instinto curativo, vio en él un alma herida que necesitaba sanación.

El canto del río

Lucía lo encontró desmayado en la orilla, exhausto por el viaje. Lo llevó a su cabaña, donde le preparó infusiones de hierbas que calmaban el cuerpo y el espíritu. Al despertar, Mateo la miró con gratitud. —No sé cómo agradecerte —dijo con voz ronca.

—Con tu historia —respondió ella, sonriendo—. El río trae muchas, pero pocas se quedan.

Así comenzaron sus charlas. Mateo le contó de guerras distantes, de amigos perdidos y de una promesa rota a una antigua amante. Lucía compartió sus conocimientos sobre plantas que curaban heridas invisibles y sobre el río que, según las leyendas, lavaba pecados. Día a día, mientras ayudaba en la huerta o recolectaba hierbas, Mateo sentía que su carga se aligeraba. Sus risas compartidas al atardecer se convirtieron en besos robados bajo la luna, forjando un amor puro y renovador.

Una noche, junto al fuego, Mateo confesó: —Siento que el río me susurra. Me ofrece olvidar... pero temo lo que venga después.

Lucía lo abrazó. —Tal vez no necesites olvidar, sino perdonar.

El ritual de la medianoche

Curiosos por las leyendas, decidieron probar el ritual. A medianoche, se acercaron al río con una copa de plata que Lucía había heredado de su abuela. Mateo bebió un sorbo del agua cristalina, y de inmediato, sus ojos se nublaron con visiones. Vio a su antigua amante, muerta en la guerra por su ausencia, extendiendo una mano acusadora.

Lucía, aterrorizada, vio cómo una figura espectral emergía del agua: una mujer pálida con ojos llenos de tristeza. —Has venido a redimirte —susurró el espíritu—. Pero el precio es tu vida, a menos que encuentres un amor que te ancle al mundo de los vivos.

Mateo cayó de rodillas, y el río comenzó a agitarse, formando remolinos que amenazaban con arrastrarlo. Lucía, recordando las hierbas protectoras, esparció un puñado de salvia en el agua, invocando protección. El espíritu vaciló, mirando a Lucía con envidia y reconocimiento.

—Tu amor es fuerte —dijo la aparición—. Pero debe ser probado.

La prueba del olvido

En los días siguientes, Mateo cambió. Olvidaba momentos compartidos con Lucía, como si el río borrara no solo el dolor, sino también la alegría. Lucía, desesperada, investigó en libros antiguos y habló con chamanes del pueblo. Descubrió que el espíritu era un guardián del río, atrapado por su propio amor no correspondido, y que solo un sacrificio de fe podía liberarlos a todos.

Una noche de tormenta, regresaron al río. Lucía ofreció su propia memoria a cambio de la de Mateo. —Si debo olvidarte para salvarte, lo haré —declaró.

El espíritu apareció nuevamente, conmovido por el gesto. El río rugió, y una luz cegadora envolvió a la pareja. Cuando cesó, Mateo recordaba todo, pero el espíritu había desaparecido, redimido por el acto de amor puro.

Lucía, milagrosamente, no perdió nada. —El río nos ha bendecido —susurró Mateo, besándola.

La corriente de la vida

El pueblo notó el cambio: el río fluía más sereno, y las leyendas se convirtieron en cuentos de esperanza. Mateo y Lucía se casaron junto a la orilla, construyendo una vida llena de hierbas curativas y risas compartidas. Pero en las noches tranquilas, oían un canto suave en el agua, un agradecimiento etéreo.

Años después, sus hijos contaban la historia a los nietos, advirtiendo que el amor verdadero no olvida, sino que transforma.

Epílogo

En su vejez, Lucía y Mateo regresaron al río una última vez. Al beber juntos, no olvidaron, sino que revivieron cada momento. Cuando partieron, los aldeanos juraron ver dos figuras jóvenes caminando de la mano sobre el agua, fusionadas con la corriente eterna. Una placa junto al río rezaba: “El amor no se ahoga; fluye para siempre.”

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